Te vas a cachar esperando el mensaje de una amistad con unas ganas que ya no son precisamente de platicar del clima. De pronto te importa cómo se arregló, si llegó bien a su casa y por qué te dio tanta risa un chiste que contado por otra persona habría sido malísimo. Antes de declararte con mariachi y ramo de rosas, observa si del otro lado también buscan momentos a solas contigo. Una invitación sencilla, fuera del grupo de siempre, puede aclararte más que semanas de imaginar miraditas. Si la respuesta es buena, ve despacio y disfruta; si no siente lo mismo, respeta su respuesta sin cobrarle la confianza que antes le ofrecías de corazón.
Se te presentan oportunidades pequeñas que podrían crecer si dejas de esperar condiciones perfectas. Puede ser una propuesta para aprender algo, colaborar en un proyecto o visitar un lugar al que llevas tiempo queriendo ir. Pregunta detalles, mide tus posibilidades y decide; no digas que no por miedo a equivocarte y luego pases un mes pensando en lo que habría ocurrido. Tampoco aceptes cualquier cosa por la urgencia de sentir que avanzas. Una oportunidad buena permite hacer preguntas sin que te presionen como vendedor de colchones a fin de quincena.
Pon atención a cómo te deja el cuerpo después de convivir con ciertas personas. Hay una que disfraza de «sinceridad» sus comentarios sobre tus decisiones, tu aspecto o la gente que quieres. Si cada encuentro termina contigo dándole vueltas a una frase hiriente, dile con claridad que no admites ese trato. No hace falta organizar una audiencia pública ni repartir pruebas a todos los conocidos. Toma distancia y reserva tus novedades para quien sepa alegrarse contigo. No toda persona que pregunta por tu vida tiene derecho a entrar hasta la cocina.
Por la noche vas a querer resolver mentalmente asuntos que de día ni siquiera estaban sobre la mesa. Apaga la conversación imaginaria antes de que te sorprendan las dos de la mañana discutiendo con alguien que duerme de lo más a gusto. Anota el pendiente que sí puedes atender mañana y deja lo demás para cuando tengas información real. Has aprendido cosas difíciles en el lugar donde estás; no necesitas declarar que todo ocurrió por una razón para reconocer lo que ahora haces mejor. El pasado va perdiendo peso cuando dejas de consultarlo para tomar cada decisión nueva.
Una noticia cercana te sacará una sonrisa: podría tratarse de un embarazo o de una pareja que decidió comprometerse. Celebra sin convertir la reunión en interrogatorio sobre fechas, nombres de bebé o cuánto costó el anillo. Cada quien cuenta hasta donde quiere. También una amistad puede buscarte en medio de problemas con su pareja. Escucha, pregunta qué necesita de ti y evita tomar partido después de oír solo medio pleito; luego ellos se reconcilian y tú quedas de villano en la sobremesa.
En tus hábitos cotidianos hay un cambio sencillo que te haría bien: revisa cuánto refresco tomas casi sin darte cuenta. Entre la comida, la visita y «nomás un vasito», se te puede ir el día sin probar agua. Tenla a la mano y alterna tus bebidas sin hacer del asunto un castigo ni medir tu valor por tu peso. Cuida tu descanso, tu cuerpo y tu alegría con la misma dedicación que pones en atender a todo el mundo. Y cuando aparezca una invitación que te emocione, date permiso de decir que sí sin pedirle autorización a tus viejos miedos.

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